Un mundo de amor con olor a vainilla y chocolate

Había una vez, en el país blanco, un palacio blanco en el que vivía una familia blanca con olor a vainilla. Crisálida –la mayor de las hijas–, además de ser bella e inteligente, era muy talentosa; cuando tocaba su tambor, todos acudían para escucharla. La joven casi siempre estaba interpretando este instrumento con su grupo musical de gaitas.

–Oh, cuánto me gustaría salir del país blanco para ver otros colores y poder conocer hombres verdes, azules, cafés, naranjas… ¡Todos dicen que es tan bonito! –manifestaba.

Pero su familia le decía:

–Tú y los de tu grupo musical son todavía demasiado jóvenes. Dentro de unos años, cuando sean famosos, podrán viajar y experimentar el mundo de colores.

Ella solo tenía recuerdos de su mundo blanco, gente blanca, mariposas blancas que revoloteaban y el frío intenso de su país blanco, siempre con olor a vainilla. Pero soñaba con el mundo de colores, el cual solo podía imaginar a través de algunos relatos, fotos, videos e historias.

Sin embargo, el Universo colorido le abrió las puertas gracias a una gira inesperada con su grupo. Los días previos al viaje no consiguió dormir. Su familia le preparó las maletas y le recordó los peligros que podrían surgir en este lugar.

Felizmente, ella y su grupo de gaiteras emprendieron el camino. Fue así como llegaron a un país con olor a chocolate, donde los hombres eran de color café. ¡Qué fascinante! Volaban por los aires mariposas cafés, los árboles eran cafés y había pájaros cafés que sonaban de una manera preciosa, casi tan lindo como las gaitas… pero lo más increíble era el calor que se sentía en la piel. Veía por primera vez todo café y le parecía hermoso, estaba radiante de emoción. Su asombro y admiración aumentaron cuando vio gente café que se acercaba, era la primera vez que los veía, y exclamó: “¡Cómo me gustaría hablarles!”, pero se sintió apenada por no ser café y no se acercó. “¡Jamás seré como ellos!”

Los humanos cafés eran increíbles al compás de los tambores. Además, entre esa multitud ella había descubierto a un joven café con aroma a chocolate que alborotaba su corazón. De repente, los hombres verdes llegaron a arrestar a los blancos, pues no era permitido perturbar el orden de la ciudad. Sintió miedo, pero el joven –grande como un elefante– la sujetó y la condujo a un lugar seguro. Y con un gran abrazo de oso comenzó su historia de amor.

Él pidió la mano de la joven al papá blanco y pudo así poner la corona a su princesa. Pronto, al palacio de su hogar llegó el más hermoso bebé, con olor a vainilla en las mañanas y a chocolate en las noches, a quien le escribieron con una pluma su nombre Luisjo, y fuimos muy felices con la combinación perfecta del amor.